domingo, 20 de diciembre de 2009

Yo leo el diario online

Me levanto temprano, ya soy grande, no jodo a nadie. Hace diez años atrás, si me levantaba a esta hora, ya estaba saltando alrededor de la cama de mis papás pidiendo a gritos un poco más de atención. Pobres viejos, lo que han tenido que soportar.

Pero no, hoy me quedo en la cama, en silencio y termino de leer un libro. Con la indescriptible sensación de “la tarea realizada” que me da terminar un libro, me levanto de la cama.

No pongo mucha atención a quién está en casa, si bien están todos despiertos también, haciendo la suya.

Me cambio, así nomás, como solo un domingo permite que se vista una persona. Jean usado, la misma remera con la que dormí y unas ojotas que tienen como cuatro o cinco centímetros de plataforma. Eran blancas.

Me acuerdo cuando me las compré. El caprichito de pagar ochenta pesos por un cacho de goma que estaba de moda. Pero nadie podía discutir que era mi caprichito, bancado por mi propia plata. Sin embargo, en ese momento, me cansé de escuchar acusaciones infames tales como “pero si son sólo un cacho de goma”, “esas en Brasil las encontrás más baratas” y “¿blancas? Son un color muy sucio m´hijita”.

Orgullosa de mis plataformas, pero con la cara destruida como solo un domingo a la mañana una persona normal puede tener, me voy a comprar el diario.

Tranquila, me ocupo de avisar a donde voy, para que después no pregunten, y me ocupo de llevarme el celular, por si preguntan. Obvio, nadie pregunta.

Brevísimas tres cuadras me separan del puestito de diarios de la estación. Ahí me acuerdo que tengo un billete de cien. Y me digo a mi misma: “me la juego, me hago la boluda y después veo si lo ayudo con las monedas”. ¿Es pecado saber que quizás te vas a poner de culo al quiosquero y jugártela igual? Yo creo que no.

Cuando llego al puestito de diarios el quiosquero me dice que no, que La Nación no le queda más. Me ofrece Clarín, ¡como si fuera lo mismo! No, creo haber dicho La Nación. A ver, no me encanta, pero me levanté con ganas de leer ese diario y no otro. Creo que eso tampoco es pecado.

Un porcentaje de mi conciencia se alivia, porque no tendría que mentirle, diciéndole que no me había dado cuenta que llevaba un billete de cien.

Pero el otro porcentaje de mí se pregunta qué hora es y por qué ya no tiene más. ¿Estamos todos locos? ¿Cuántos compra un tipo que tiene un puesto de diarios en la estación? Es domingo. Es San Fernando. Está bien. Se lo damos por válido. Y son las once y veinte.

No está resuelto el tema del diario aún. Al parecer siempre logro lo que me propongo. De ahí me voy derechito al quiosco de la plaza. Practico el mismo discurso, que el billete, que recién me levanto, que no me dí cuenta todavía cuántos pares son dos botas, y que no miré ni siquiera cuánta plata tenía cuando salí de casa.

Y voy caminando, paso por un edificio con espejo, y me miro. Definitivamente contra la cara no hay nada que hacer, pero esta chica sí que está alta eh.

Una cuadra más y ya estamos, voy pensando en qué sé yo, hasta que percibo el terremoto, el horrible fracaso de la caída en la vía pública.

Es que la tirita finita de goma que separa mi dedo gordo del resto de las otras cuatro horribles creaciones del pie, se salió de su lugar.

Cuando tenía las otras, las bajitas, eso se arreglaba rápido. Metiendo la tirita de goma otra vez en el agujerito y ya estaba listo.

Recuerdo nuevamente que casi siempre que me propongo algo lo logro, casi siempre. Y el puto plastiquito no se quiere ubicar en su lugar. Así que reformulo cuál era mi propósito incial : yo quería leer La Nación. Vuelvo a casa en patas y me cruzo con mi remisero de confianza que me pregunta cómo estoy. Primer pecado del día: le digo que estoy bien, todo bien.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Perras jodidas

La jauría entera estaba acostumbrada a triunfar, malcriada por mí misma, habituada a pisotear lo que me queda de ser humano. Siempre ganaba. Experta en controlar mi cuerpo como si fuera una marioneta, bloqueando mi cerebro y mis sentidos. Y yo, adiestrada, resignada, siempre le permití a la jauría ser mecenas de mis acciones.

Qué vergüenza, qué decepción, cuántas veces me habré arrepentido de haber soltado a ese conjunto de maníacas perras, carnívoras, desquiciadas que destruyen todo a su paso, incluyéndome a mí.

Me propuse controlarla de una vez por todas. Tarea difícil. La injusticia, la maldita inoportunidad de ciertas noticias tienta a las perras, las incita a la violencia. La inmunda cachetada irónica que te devuelve la vida cuando te hiciste mucho la viva. Y la jauría que sale al ataque, que se enoja y le encanta, sabe ser libre y hacer de las suyas. Y le fascina hacérmelas pagar muy caro después.

Darle punto final al círculo vicioso sería todo un desafío. Antes intentaba meterlas en un cuarto. A escondidas peleaba con ellas y las molía a palos. Finalmente se quedaban mudas, pero solo por un tiempo. Después algunas se recuperaban y se molestaban por cosas viejas. Malditas perras salvajes. Siempre se acuerdan de todo y nunca olvidan la venganza.

Y un día-no se cuando fue- me cansé de pelear con ellas puertas adentro. Entonces empezaron a ganarme -aunque ya venían ganándome desde hace tiempo. Es que parecía más fácil soltarlas. Cuando hierven adentro y hacen fuerza por salir, enloquecen, ladran, afilan sus dientes, les brillan los ojos. Las perras tensionan sus músculos, se preparan para atacar, huelen al miserable a quien van a pisotear. Golpean fuerte adentro, exigiendo salir. Hasta que lo logran, y todo es un desastre. Ante cualquier mínima tentación sale la jauría entera, enloquecida, y hace de las suyas. Derraman sangre y lágrimas, cobrándose víctimas inocentes. Y dejan impune al verdadero responsable. Todo al revés. Es que no son justicieras esas perras, son simples ejecutoras del vandalismo, puro ruido y manifestación iracunda. No llevan nada noble en sus acciones.

Pero justo ayer vi a una y la agarré. Estaba furiosa, al borde de la rabia. Yo estaba a punto de soltarla, no podía con ella. Casi lista para tomar el camino más fácil, no recuerdo por qué, decidí tomarla de las patas. Luchó conmigo- todavía tengo un par de marcas en la piel- y se soltó. Cobré fuerza, me tomé un segundo y pensé. Si tomaba un bozal y una correa, por lo menos iba a lograr que no me ataque, y después vería como atarla, con más tiempo y estando fuera de peligro.

Y eso hice. La perseguí y cuando la alcancé la mire bien fijo. Disfruté tenerla en mi poder. Creo que le grité algo también. Le puse el bozal y la até. Cuando la tuve de la correa me parecía mucho más calmada. La dejé atada a un palo de por ahí. Pensé que quizás en otro momento necesitaría de su energía. También me reconfortó saber que ahora yo podría elegir qué hacer con ella.

Todavía me falta mucho para poder controlar a la jauría. Ayer mientras triunfaba con esta perra, se me soltaron dos o tres más. Pero ahora se que también puedo ganar yo.

Algún día domaré a la jauría entera. Y ellas harán lo que yo les diga, y no al revés.

martes, 1 de diciembre de 2009

Detector de humo


Cuando los detectores de humo se accionan, despiden una agresiva lluvia. En realidad lloran por temor al incendio que creen estar apagando- o por ahí lloran por la despedida. Son tristes las despedidas, ¿por qué un detector de humo no puede ser sensible?

Esta es la historia de un pobre detector de humo. Luminoso, intermitente, molesto. Pero eso sí, argentino. Un detector que con el tiempo supo ser piola. Y que no tardó mucho en comprarse sus primeros Ray Ban.

Pero no puede negar que la vida le proporcionó un duro entrenamiento.

El pequeño detector creció en un barrio bajo, visitado frecuentemente por “El engaño”, tío de “La mentirita tonta”. Y “El Chamuyo”, que pasaba a tomar mate, inocente primo de “La Falacia” y “La exageración”. Todos hijos de “La Soberbia”, en su mayoría. Algunos eran vástagos no reconocidos de “La labia”) La mayoría eran mujeres- qué crueldad.

Fue vendido por primera vez e instalado en la casa de un hombre mujeriego, lindo, argentino. Y el joven detector lloró sus penas como loco. Escuchaba infamias telefónicas, leía conversaciones de chat y lloraba, y lloraba. No podía evitarlo, era su naturaleza.

Lo vendieron de segunda mano y lo compró un profesor. Licenciado en administración, pero ejerciendo como profesor de “Dirección de empresas II”. El menospreciado detector, maltratado y enjuiciado injustamente lloró nuevamente cuando vio al licenciado corrigiendo exámenes, escribiendo con rojo “5(cinco): este escalón de Maslow no es el de autorrealización”. Lloró mares y fue despreciado nuevamente.

Desgastado, llegó a una oficina de una multinacional, donde se rodeó de quince detectores más, por lo menos. El ya maduro detector había aprendido ciertos secretitos de la gente. Y cuando estaba viendo como un supervisor peleaba su ascenso frente a la gerencia con inútiles presentaciones de power point, se encontraba a punto de llorar, cuando decidió mirar a los otros quince. Los tres detectorcitos que tenía más cerca lo ayudaron:

-“pst, che, ey…calladito eh. No hagas lío acá, andá a saber que piensan de vos. Después se corre la bola que llorás por cualquier cosa, que sos un débil. Mejor quédate en el molde, si querés conservar el puesto”.

Y el detector calló.

Pasaron los años, y pasó por aulas y aulas de exámenes orales, en los cuales los alumnos se sacaban 4 (cuatro), atravesó las crisis más duras cuando lo enviaron al senado, y se consagró como “piola” cuando sobrellevó la crisis de trabajar en la tele.

Finalmente logró entender ciertas cosas de la vida. A saber:

-que en situaciones de crisis, probablemente es mejor seguir a la masa. Y que si de última si nos equivocamos, nos equivocamos todos.

-que no necesariamente hay que ser vendedor para vender humo.

-que si vas a llorar por cada vez que te venden humo, fuiste.

-que si bien la mayoría de las veces en las que se detecta humo, usualmente no hay fuego, por las dudas: ¡Cuidado! Debés estar muy cerca de un vendedor de humo.

Más sabe el detector por viejo, que por detector...¿era así no?