jueves, 25 de marzo de 2010

Declaración de los Derechos de la Mujer Soltera

1. La mujer soltera disfrutará de todos los derechos enunciados en esta declaración. Estos derechos serán reconocidos a todas las mujeres solteras sin excepción alguna ni distinción o discriminación por motivos de raza, color, sexo, idioma, religión opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento u otra condición.

2. Toda mujer soltera tiene derecho a un mambo por mes. Esto implica que si sufriera- luego de una noche de alcohol- una crisis de amnesia completa, tendrá derecho a la información de los hechos transcurridos en los que se haya involucrado a su persona.(Se deberá tener en cuenta el grado de detalle que requiere para una mujer el relato de toda una noche). Finalmente, se la perdonará por todo lo que haya hecho y no recuerde.


3. La mujer soltera tiene derecho y deberá ser comprendida si su deseo es lagrimear sola un domingo entre las 17 y las 20 horas. Deberá contar con por lo menos un (1) medio de comunicación cercano en caso de crisis, si así lo solicitase. Mismo si la mujer estuviera menstruando.


4. La mujer soltera tiene derecho al histeriqueo sin límites y a tener fantasías de lo que sea. Escuchará que alguien externo la aconseje sobre cuál es el límite sólo si ella lo desea. Y no será juzgada de Puta bajo ningún concepto, en ningún momento ni lugar.


5. La mujer soltera tiene derecho al sexo libre y ocasional; y a entregar su cuerpo en la primera cita sin ser catalogada como Fácil, Rapidita, Trola y demás calificativos que refieran a lo mismo.


6. La mujer soltera tiene derecho a elegir. No deberá ser catalogada como “cualquier Bondi la deja bien” solo por el hecho de no tener pareja. Deberá comprenderse que si se encuentra soltera es porque aún no ha encontrado aquella compañía que la satisfaga en su plenitud. Podrá entonces aceptar que se le adjudiquen cargos por ser “muy exigente”. Pero serán tomados como NO A LUGAR si la acusación se hace frente a mucha gente. (Nota: en ámbitos donde más de cuatro o cinco personas opinan, finalmente se terminan aplicando términos como “nada le viene bien” y “está loca”; declaraciones que evidentemente impiden el correcto desarrollo psicológico de la mujer soltera)


7. Se desprende de la cláusula anterior, que la mujer soltera debe ser protegida del amigo soltero que todos tienen. Será protegida también de la violación, del chamuyo tonto y sin límites, del manoseo no permitido y demás alteraciones de la conducta. Además, toda mujer soltera deberá contar con un (1) amigo que oficie de novio, dispuesto a besar pero SIN CONFUNDIR los límites de la amistad- si la situación así lo ameritara- para ahuyentar a la atemorizante figura de “buitre” que suele no darse por vencido fácilmente frente a la frágil mujer soltera.


8. La mujer soltera podrá opinar y participar de conversaciones con amigas en las cuáles cada una habla de su pareja, cuenta anécdotas y pone ejemplos. Podrá recurrir a hablar de viejos ex, amores imposibles, platónicos, fichitas y fijas, con el solo fin de poder participar en la conversación de igual a igual: sin discriminaciones. Y no se le deberá recordar que ésa persona a la cuál recurrió como fuente de información NO es su novio.


9. La mujer soltera debe entrar gratis a los boliches si tiene una ficha difícil de encontrar dentro del establecimiento. Deberá garantizarse que no se dispensarán cantidades excesivas de alcohol, para que ella pueda desarrollar su cortejo sin pasar papelones.


10. La mujer soltera debe ser protegida contra toda forma de abandono, crueldad y explotación. No será objeto de ningún tipo de trato entre amigos, apuesta, prenda o maldad de iguales características que pudieran perjudicar su salud o impedir su desarrollo físico, mental o moral. En otras palabras: la mujer soltera es soltera, no un muñeco.


11. La mujer soltera debe ser protegida contra las prácticas que puedan fomentar la discriminación racial, religiosa o de cualquier otra índole. Deberá evitarse el daño psicológico mediante la aplicación de adjetivos calificativos como gorda, gordita, caderona, pechugona, gamboa, culona etc.


12. La mujer soltera necesita amor y comprensión. Esta cláusula deberá ser tenida en cuenta necesariamente para poder hacer valer todas las demás.

lunes, 15 de marzo de 2010

La revelación

Era de noche, estaba en un lugar conocido pero que no era mi casa, y yo feliz de no estar en casa, como siempre huyendo, pero feliz. Llevaba mi computadora conmigo, entonces me sentía libre, como que tenía todo. Aparentemente llevaba junto a mí todo lo material que podría necesitar.


Entonces no se por qué, pero iba en un colectivo que tenía un recorrido muy largo y de esos que dan mil vueltas. Me quedé dormida, pero antes de eso, sabía que iba a soñar con mi casa y con mi familia.


Y en ese instante de conciencia incontrolable que me quedaba, imaginaba-sin querer- diferentes escenas de los disfuncionales monos compañeros de jaula. Mamá a los setentaipico, con anteojos, muy gorda. Una de mis hermanas que se reía, feliz, tenía el pelo mucho más largo y cara de paz, como medio hippie. De la otra solo distinguí el perfil y mi papá creo que no apareció. Esa era como mi familia del futuro, o algo así.


Seguía en ese colectivo, el del camino largo, muchas vueltas y todo. La mochila que tenía no estaba bien cerrada, se le escapaban ojotas y zapatos de taco. No recuerdo haber soltado la computadora mientras dormía- la traía como pegada al cuerpo.


Cuando me desperté estaba cerca de Canal y me dije, bueno, está bien, será que hay que ir a casa. Pero me planté en el deseo de ir, pisar y volverme a ir. No entendía bien por qué todavía no estaba lista, si yo tenía que ir a ver a las Leonas que jugaban en el club. Me había comprometido a ir a ver a las Leonas. Se hacía tarde y estaba medio dormida, como confundida.


Pero todo se había convertido en una odisea, hacía días que no volvía a casa,y no estaba segura si quería llegar tampoco.


Mirando alrededor descubrí que todavía era de noche y que estaba entre dos tipos con pinta de chorros mirándome, a mí y a mi computadora. Intenté juntar las cosas, arreglar la mochila, las ojotas, los zapatos de taco, la compu que se salía por la mochila. Tenía dos mochilas en realidad. Y mientras tanto, torpemente los golpeaba les pedía disculpas con mucho miedo y respeto. Pero estaban lejos de perdonarme y los volvía a golpear de lo nerviosa que estaba y no me perdonaban. Creo que me estaban odiando. Me echaban en cara que yo era rica, que tenía computadora, varios tipos de zapatos. Tenía miedo de que me roben todo, pero contaba con la seguridad de que al estar arriba del colectivo no me iba a pasar nada.


Nos fuimos acercándo a una remisería que conozco y me empezaba a sentir cerca, como "en casa".


-Señor, por favor. Le rogaba al chofer con mucho respeto que me dejara bajar en esa parada.

-Sí, claro, se bajan estas chicas que van a San Fernando, son como seis, seguro te sirve.


Ah, y miro a la derecha, una rubia, Mechi. Nunca fuí amiga, pero iba al colegio, era más chica que yo. Toda rubia y con un cuerpazo. Todos en el colegio hubieran pagado lo que fuera por una noche con la rubia esa. Me hice la amiga y le dije:


-Mechi, ¿cómo estás, vamos juntas en el remís?


Indiferente, la rubia se bajó y pidieron dos remises. Yo asumí que iría en alguno. Pero la remisería se transformó en una casa que yo no conozco y me cagaron. Se fueron y me quedé sola, de noche, en Canal, que no está muy bueno. Me moría de miedo.


Grité con fuerza el nombre de la rubia, la putié, la odié, porque me cagó el remís, y yo confiaba en ella. Por que era de San Fernando.


Y de tanto que grité, el auto volvió, pero me había hecho sufrir y estaba como con un ataque de nervios. Me subí al auto. El remisero me miró mal- por histérica y miedosa supongo.


Mechi, que tenía clase, sabía bien a dónde iba y yo con una facha de perdida que se me notaba hasta en las pecas. Encima estaba sucia y con los bolsos que no sabía bien de dónde los traía. Y todavía no sé por qué estaba tan desesperada.


Llegué a casa a los cinco minutos. Entré pero no encontré a Libia. Dejé la computadora y ya me quería ir de nuevo. Tenía que ir a ver a las Leonas, porque yo ya me había comprometido- que iba a ver a las Leonas, que jugaban a las tres en el club, que bia a ser un partidazo, y ya había dicho que iba. Y no podía faltar.


Antes de irme me ocupé de mojar mi remera de dormir, la de corazones verdes, en un balde lleno de alcohol etílico. Cuando quedó bien embebida y goteando ya estaba lista para salir, sin agarrar nada más.


Papá no entendió nada y se enojó conmigo, que a dónde vas, por qué no avisas, siempre te vas y nunca estás acá-y más cosas de padre. S


Salí enojada y cuando llegué a la reja vi el remís que me esperaba-no sé por qué no me podía ir caminando seis cuadras. Cuando se abrió la puerta del auto salieron sorpresivamente los dos tipos del bondi que me odiaban.


Me querían agarrar por la fuerza para subirme al auto y me gritaban cosas, como diciendo que yo tenía todo, que de qué me quejaba, que era una pendeja malcriada de mierda, y cosas por el estilo. Abrieron la puerta como para llevarme con ellos, pero en eso les tiré mi remera de dormir en la cara, con fuerza, como un cachetazo. Los tipos empezaron a gritar que les ardían los ojos y me puteaban, claro.


Desesperada, fui corriendo de nuevo a casa, pero buscaba las llaves y no las tenía, no tenía nada en las manos ya.


A los gritos, le di varios golpes violentos a la puerta de madera. Yo sabía que papá me tenía que abrir la puerta, si nos acabábamos de pelear y él estaba ahí. Pero no había caso, no me abría.


Hasta que en la misma locura, descubrí que la llave de casa estaba puesta en la puerta y del lado de afuera. Le di una vueltita y entré. Sentí alivio pero toda esa secuencia me había dado mucha bronca.


Estaba tan cansada que solo me salió tirarme al piso y patalear como una nena. Me tiré en el living, ahí al lado de la puerta, a llorar con fuerza y a gritar todo lo que tenía adentro.


Estaba sola, grité hasta que no tuve más voz. Y aparentemente nunca había tenido ganas de ir a ver a las Leonas.


Cuando me desperté seguía agitada pero en mi cama. Y tenía todo mucho más claro.

jueves, 4 de marzo de 2010

Evitable

Compré dos marcadores indelebles para usar en el trabajo, en la casa, ideal para los chicos en el cole, una oferta genial mi amigo: compre tres por dos pesos. Y compré tres por dos pesos. Pero compré tres y me llevé dos. Porque cuando llegué a casa me dí cuenta que el tercero estaba completamente seco.

De todos modos, tenía que darle un poco de utilidad al confuso ofertón y me senté a intentar ordenar los CDs perdidos en mi habitación. Pero para ordenar tenía que rotular. Y para rotular tuve que ver, uno por uno, todos los malditos discos.

Cargué el primero. Música. A mi me gustan las cosas bien hechas. Trescientosesentaidós temas. Hice una lista, por orden alfabético y ordené todas las canciones, que como no tenían nada que ver entre sí, tuve que unirlas bajo el tétrico y nunca bien utilizado Variados. Pero hubiera sido más terrible sacar de la bóveda el viejo De Todo Un Poco. De cualquier modo no estaba satisfecha. Busqué sinónimos, alguna palabra, aunque sea un símbolo, algo que significara eso que yo estaba necesitando para englobar el contenido del inoportuno CD que fui a encontrar, que en ese mismísimo momento necesitaba dejar de ser un CDon Nadie a ser Algún CD. Y quién sabe si un día llegaría a ser El CD.

Algo que los uniera tenía que existir. Algún denominador común tenía que encontrar para toda esa música. Variados moriría en el anonimato en cualquier momento, y para siempre. Yo valoro mucho mis cosas viejas. Y considero que si alguna vez yo creí oportuno grabar semejante cantidad de temas en un CD es porque alguna razón, algo en mi adolescencia, algún recuerdo, fiesta, ocasión, o intento de ocasión debió haberme motivado a eso. Y me enfermaba no saber.

Lo dejé aparte y pasé a otro. Fotos de vacaciones en la costa con amigas. Eso fue más fácil. Simplemente recordar el año y el lugar.

Popurrí es lo peor que le podría poner. No, definitivamente me negué a pensar en el trabajo que me habrá tomado grabar esa música, para que años después venga con un ataque de adultez a ponerle Popurrí. No es por sobredimensionar los hechos, pero: ¿Popurri? Definitivamente, con mi letra, no. Mi letra y mi marcador. Inútil pero barato.

Próximo. Fotos de mi hermana. Mi hermana y las amigas, mi hermana y el novio, mi hermana en Gualeguaychú, mi hermana en Gesell, mi hermana y yo.

Y otra vez con problema de rótulos. La inquietud todavía incomunicada. Yo le hubiera puesto Mi Hermana. Pero no existe un nombre más vacío que ese. Es como ponerse una remera con una flecha que dice Soy estúpido y andar sentándose al lado de los que uno cree que tienen cara de estúpido. El objetivo de poner nombres a las cosas es que todos acabemos teniendo el mismo conocimiento, prematuro, de qué carajo tiene el CD adentro. La mismísima e infinita búsqueda de la objetividad. Eso pensé. Pero sin arrebatos hasta el momento.

Podría haber llamado a mi hermana, para comentarle, brevemente qué fotos contenía el CD, y de ese modo, ponerle el nombre que para mi hermana fuera más adecuado, más contundente para ese cúmulo de recuerdos en versión digital. Pero tenía dos problemas: a mi hermana no le gusta que se metan en sus cosas, y mucho menos que se las ordenen. Y por otro lado a mi no me gusta que me recuerden cuántas ganas tengo de meterme en la vida de los demás y de ordenar. Y tantas ganas, que la llamé igual. Al principio no entendió y después me mandó al carajo.

Uno más. Y la paciencia no se me terminaba. Pero me martirizaba saber que no puedo empezar y terminar una tarea de manera individual. Mis marcadores, mis CDs, mis etiquetas. Pero tengo que llamar a mi hermana y me marchito.

Diversos. Demasiado formal para un rejunte de música púber, que definitivamente, se ve que debe haber marcado una época de diversión y esas cosas. Y no le iba a poner Diversos. Y tampoco Mezcla o Mezcladito porque no era panqueques. Era un CD. Y tampoco podía precisar cuán púber era.

Próximo. Un archivo de Word 2003 de una autobiografía que tuve que escribir para el colegio. No sé cuántos años tenía, pero fue sumamente curioso leer lo que yo pensaba de mí a esa edad, y cuántas cosas pensaba que sabía. Afirmaba con total convicción frases sobre hechos que hoy no existen. Y creía firmemente en no hacer lo que hoy es mi rutina. Pensé que jamás me perdonaría perder semejante amuleto, símbolo de pueril e inocente ignorancia. Y le puse así. Pueril e inocente ignorancia, porque me pareció genial.

Pero después me arrepentí. Porque ya hablamos este tema. Uno los pone para que todos entiendan a lo que refiere. Y eso sólo lo entendía yo.

Por suerte no eran tan indelebles como pensé que eran cuando adquirí la genial oferta, así que, haciendo honor a la gran pelotudés que hice cuando compré esos dos marcadores, me chupé el dedo y lo borré. Yo en 2003.

Me molestaba no saber exactamente cuántos años tenía. Sí, lo hubiera podido resolver con una cuenta fácil. Pero el hecho de tener que pensar en números me revolucionaba. Y yo estaba ordenando. ¿Cómo se supone que alguien va a ordenar en el medio de una revolución?

Es más. Ya me había revolucionado cuando compré las tres mentiras. El hecho de intentar pensar cuánto estaba pagando cada uno, si venían tres por dos pesos… el sólo intento me provocó rascarme la cabeza con unas ganas incontenibles. Siempre me pica la cabeza cuando los números se obstinan y no terminan redonditos, como el 1, el 4, o el 5643. Así que creo que finalmente el hecho de que sólo dos de los tres funcionaran me terminó de calmar. Y en un punto, florecí de nuevo.

Próximo CD. Un archivito de Word: “La teoría del deseo profundo”. Una nota de una chica oriental, una tal Yoo que sostiene la hipótesis de que los resultados exitosos y las cosas buenas que se logran en la vida no se consiguen mágicamente, sino mediante una única receta: desearlo fuerte. Pero fuerte en serio. Me cayó bien. En mi mundo eso se llama hinchar las pelotas hasta que lo conseguís. Tenía casos, experiencias reales, fundamentos. La guardé, claramente bajo el título de “La teoría del deseo profundo”. Entonces se hizo más fuerte mi deseo de encontrar ese nombre que buscaba para el CD con temas inconexos entre sí. Yoo estaba segura de que si lo deseaba fuerte, entonces lo iba a lograr.

Seguí así por horas. Encontré cosas mías, viejas, cosas ajenas y cosas que quizás no debería haber encontrado. Nombré a todas y a cada una de ellas. Y cuando llegué al CD número setentiocho se me acabó la segunda fibra. Y estaba despeinada. Ahí recordé que todo tiene un final. Fue como enfermarse, darse cuenta que uno es mortal.

Estaba deseando tan pero tan fuerte terminar, que suspendí la búsqueda del nombre adecuado por un tiempo. Porque con la peor de las suertes, amanecería en un par de horas y yo seguiría seguramente, ordenando y rotulando. Y sin dudas me quedaría sin tinta de manera inminente y el CD sin nombre. No me lo hubiera perdonado jamás.

Y ahí están juntos: el CD limpio, la fibra a estrenar y el deseo. Que aparentemente todavía no es tan fuerte. Y eso es lo que más me preocupa.