Para mi deleite, hace poco tiempo me dijeron que el éxito era el lapso de tiempo que transcurre entre fracaso y fracaso. Simpático punto de vista. Benevolente.
De ese modo, uno puede ir por la vida justificando sus fracasos aludiendo que bueno, justo no está atravesando un lapso de tiempo exitoso.
"Lo que pasa es que los chicos son muy crueles cuando empiezan a hablar, ¿sabe? En nuestra escuela, la utilización de las palabras no es soplar y hacer botellas. Nuestro sistema educativo está fundado sobre una firme creencia en el valor de las palabras. Y sobretodo de quien las utilice. Enseñamos a los niños a valorar la palabra desde que nacen. Y usted bien sabrá que uno no valora lo que tiene, hasta que lo pierde". Y así explicaba la directora de la escuela.
Como muchos conflictos de los seres humanos, éste empezó a gestarse en la niñez. Cuando tenía cinco años, era insoportable. No hablaba más, porque no le alcanzaban los codos; porque no tenía más por dónde. El quiebre fue cuando una maestra, un día, derramó sobre la niña lo poco de paciencia que le quedaba y la apodó “María Cotorrita”. Desde entonces, su boca empezó a hacerse cada día más chica. Los labios se fueron juntando todos los meses un poco más, hasta que no pudieron separarse. Y el tamaño iba disminuyendo paulatinamente hasta que terminó desapareciendo por completo. Así empezó la historia de María Cotorrita. Corrección: la Profesora María Cotorrita.
Experiencias como ésta, eran parte de la rutina de todos los días en ese lugar. Era un pueblo casi fantasma, del interior de Buenos Aires. Dónde sólo llegaba un tren, una vez por semana. Y donde la gran mayoría de la gente, al tiempo que crecía, debía acostumbrarse a vivir así; en el más profundo de los silencios.
Una vez adultos, los habitantes del pueblo intentaban reemplazar lo que habían perdido en la escuela. Pero casi en todos los casos, ocurría era que ya habían olvidado qué habían perdido, y sentían nostalgia por ese asunto. Admiraban a sus hijos chiquitos, tan libres, tan inocentes, tan completos…y tan poco que les duraría.
En el caso de María Cotorrita, que todavía era joven para la cruel pero ya naturalizada metamorfosis, debió canalizar sus aptitudes por otro lado. Con el tiempo, se convirtió en una observadora de la vida. Escuchó e investigó el proceso que empezaba en la infancia. Viajó a otros países y conoció otras culturas. Cosa que su gente no solía hacer, ni había hecho nunca antes.
Se le ocurrió entonces, comparar la educación de su pueblo con los nuevos lugares que había conocido. Notó que en otros países, algunos afortunados se dibujaban una boca nueva, como podían, justo debajo de la nariz. Algunos solo podían bosquejar una raya horizontal, más o menos curva, pero no del todo. De modo que siempre parecían apáticos. Otros, esbozaban una ondulación- con lápiz- y ahí quedaban; inseguros, inestables. Los que la dibujaban con regla quedaban condenados a la seriedad eterna. Muchos de ellos culminaban el proceso dibujándose una raya entre las cejas. De ese modo completaban su seriedad, y quedaban satisfechos.
El único problema era que los que no tenían la suerte de animarse a dibujar su propia boca, a veces necesitaban a alguien que lo hiciera por ellos. Y eso tenía un precio alto: claramente, sería el dibujante quién decidiera la forma de la boca, y con ella, todo lo demás- siguiendo la lógica explicada antes. Entonces, quién permitiera que otro dibuje su boca, quedaría atado al diseño que ideara el dibujante. Así, quién nunca se había sorprendido, era muy probable que experimentara ese gesto, después de que algún gracioso le dibujara un círculo debajo de la nariz.
Sorprendentemente, no encontró muchas diferencias entre su pueblo y el resto del mundo. Lo esencial atravesaba todas las culturas. La única diferencia radicaba en que en las escuelas de su pueblo, nadie enseñaba a dibujar, ni mucho menos a pintar.
Hoy, María Cotorrita, es la primera y única profesora de dibujo y pintura que revolucionó el mundo de esta manera. Desde que fundó su propia escuela, miles de madres del mundo le agradecen en todos los idiomas, el poder escuchar a sus hijos durante toda la vida. Desde las mayores y más delirantes incoherencias adolescentes, hasta las verdades más crudas y más ciertas de los niños; que son liberadas al mundo desde sus pequeñas boquitas pintadas.
Me acerqué para contar cuántos días quedaban para irme de vacaciones. Buen pronóstico. Sólo veinte. Después me detuve a ver el “motivo” del calendario. Yo diría estampado, una vieja diría: “Ay, me gusta ese motivo, con florcitas”. ¿Motivo? Es genial.
El lugar común de los calendarios regalados. Una frase por mes, esas reflexiones que pretenden ser grandes verdades o como diría mi amiga Penélope, la publicista, de una manera más top, “insights”. O esas frases que supuestamente le levantan a uno el ánimo, la moral- todo menos las tetas.
Cuando leí la primera frase morí del asco. Resucité y morí del asco once veces más porque todas eran un asco. El mensaje era completamente negativo. Me propongo mirar al 2010 con una actitud más positiva. A continuación las 12 reflexiones a las 12 estupideces que leí en el almanaque.
1) “No se moleste, el otro carril se mueve más rápido”. OK, si esa es la idea entonces, no estudies, no trabajes, no hagas nada para progresar, total los que elijan otra opción van a ir más rápido que vos. Simplemente por que el otro carril se mueve más rápido, y siempre es en donde vos estás. Es lo mismo que decir “no intentes cambiar tu vida de mierda. Total va a seguir igual”. Además, buen consejo para enero, las vacaciones, los carriles, los peajes. Malísimo.
2)“Quienes viven más cerca son los últimos en llegar”. Esto no ayuda a nadie. Hace sentir idiotas a los puntuales que vivimos lejos, y no le da chances de cambiar su impuntualidad a los que viven cerca. ¡Eso es cadena perpetua!
3)“Cuando todo lo demás falle, lea las instrucciones”. Es el peor consejo que escuché en mi vida. Parece como si lo hubiera escrito Homero Simpson.
4) “Nunca discuta con un tonto, la gente podría no notar la diferencia”. Si bueno, el consejo es bueno, pero ¿Gente? Yo me esfuerzo todos los días para que deje de importarme lo que dice la gente, y viene esta frase idiota a destruirlo todo. Yo lo reformularía: No discuta con un tonto. Y si la gente piensa algo, tampoco discuta con ellos, también son tontos.
5)“La persona que sugiere dividir la cuenta en partes iguales en la que pidió el plato más caro”. ¡Esta frase pretende que me fije y compare cuánto gastan los demás y cuánto gasté yo! Me niego. Y no es ese el modo de pensar tampoco si vos querés vivir una vida feliz. Yo lo reformularía: “Divida en partes iguales, si la pasó bien con sus amigos, y no quiere hacerse malasangre”.
6)“En el único momento en que todos van a llamarlo usted estará en el baño”. Genial, estúpido, ¡Lleváte el inalámbrico! Y más si es tu cumpleaños y sabés que te van a llamar a vos.
7)“Las camisas que vienen con botones de repuesto nunca pierden los botones”. ¡Mucho mejor entonces! Podés hacer una colección de botones no utilizados, un collage o un collar. No te vas a convertir en el loco de los botones por mirar el vaso medio lleno.
8)“Si usted está en un pozo, deje de cavar”. Tétrico. Además, dicen que julio los prepara y agosto se los lleva. No da esta frase en agosto. Simplemente no da.
9)“Es imposible hacer algo a prueba de tontos porque los tontos son muy ingeniosos”. Esto es el peor pronóstico que leí en toda mi vida. Además, el que escribió esto ¿no será uno de esos ingeniosos tontos? ¿O la tonta soy yo? Mucha soberbia maneja ese almanaque.
10)“Toda vez que usted comienza a hacer algo encontrará que debió hacer algo antes” Si, eso es verdad. Pero si te acordás en octubre, vamos mal. Esta era una buena frase para enero.
11) “Todo lleva más tiempo del que usted piensa”.Claro, pero como diría Juan Peruggia ¿Y ahora me lo venís a decir? Insisto con el concepto anterior.
12) “Si algo puede fallar, fallará”. Perfecto. Linda manera de arrancar el 2011. Además, podría agregar que en el 2012 nos morimos todos y ahí sí. Destila mala onda. Y en todo caso, esa frase creo que era de Murphy y era “si algo puede fallar, fallará en el peor momento”. Eso es más completo, por lo menos.
Me imagino al editor de este almanaque. Anteojos cuadraditos, la cara arrugada como una pollera de bambula, el cigarrillo abandonado que se apagó solo en el cenicero y la persiana subida hasta la mitad. Y seguro se cree re vivo.
Una amiga de la infancia me hizo una bromita tonta una vez. Me preguntó si yo sabía qué significaba 7up. Le dije que no. “Siete Uruguayos Putos”, me respondió. No me causó gracia. No por nada en especial, es que simplemente no entendí qué odio puede tener una persona argentina por un uruguayo, para expresarlo tan claramente, a los diez años. Sencillamente no la entendí. Podría haber aceptado quizás un agravio contra otras nacionalidades. Estaba más acostumbrada a “ingleses putos, devuelvan las Malvinas” o algo así. (O bien podría haber sido "Siete Últimas Penas": si lo relacionás con los tragos que tenés que tomar para que se te vaya el hipo, tiene mucho sentido)
La cuestión es que me acuerdo de eso siempre que tomo 7up. No es un hecho tan frecuente, pero cuando pienso en eso veo la imagen de la botellita torpe, que poco tiene que ver con un uruguayo, y además ¿por qué “putos”? A mí Fido Dido siempre me pareció un dibujito simpático. Y Drexler me cae muy bien.
Hace poco tiempo conocí a un uruguayo que estaba viviendo en Argentina. Es mozo de un barcito en Belgrano. Fue testigo de mis manos temblando, intentando sostener el vasito de coca, el sándwich de pollo, el resaltador y las fotocopias al mismo tiempo.
Un día se acercó a hablarme. Qué estudiás, cuánto te falta y qué rápido que come esa chica. Me deseó suerte el día que rendí la última materia, pero no paró de hablarme un solo segundo. Mi horita de almuertudio se pasó volando. No quise culpar al pobre mozo. El tipo es simpático, me deseó lo mejor, pero habló demasiado. Y yo estaba un poco nerviosa.
Hace menos tiempo que eso, fui a almorzar un domingo con mi familia, y nos tocó nuevamente un parlanchín mozo uruguayo. Después empecé a pensar que quizás era una característica típica de ellos. (Digo, ¿Por qué lo primero que me entero es de su nacionalidad)?
Mea culpa (si tomó mucha 7up gratis). Nunca fui de pocas palabras. Y si estoy de buen humor y me dan un poco de charla, puedo asegurar que en el 80% de los casos se arrepienten de haber entablado un monólogo conmigo.
Entonces se planteó una suerte de sintonía con el mozo. Le agradecí que haya sido tan perceptivo, que me haya recomendado un postre que según él iba con mi personalidad y le confesé, para halagarlo con ironía, que lo único que faltaba era que me trajera un novio.
Grave error. Mi nuevo ex amigo sugirió que yo no tenía novio, en resumidas cuentas, porque era una bocasucia. Y no sólo eso. Dejó claro que ni yo ni mis hermanas estábamos en pareja por la misma razón. Y no calló. Agregó que él tenía una hija de 18 años que estaba a punto de casarse, porque en su casa no se dicen malas palabras, que ante todo la educación, el respeto a las formas del lenguaje, y que la mujer argentina de hoy era poco femenina y que deformaba las palabras, hablando prostibulariamente.
Tengo tres imágenes de ese momento: 1- La cara de orto de mi papá. (Sí, porque no es lo mismo tener cara de orto que “tener cara de estar ofendido”) 2- La cara de mi abuelo paterno, hace años, con su pícaro: “Hablar bien no cuesta un carajo y trae un beneficio de la puta madre, nena, je je” 3- La boca del mozo, que olvidó la intuición, y no dejaba de moverse.
Y la cuarta, no es una imagen, sino una idea chistosa que compartí conmigo misma justo en ese momento: un tarrito de plástico que dice “Chica” con letra de primer grado, completamente vacío. Claramente no ocurrió: mi viejo no será Sarmiento, pero le dio la misma propina que le hubiera dado a un mozo mudo.
Entonces, discutimos horas, los cinco animales disfuncionales, con la panza llena, pero la moral hecha trizas. Que no deberían darle tanta importancia, que tómenlo con humor, que debería haberse callado, que el tipo tiene razón, que somos indios, que que tenga razón o no es otro tema, que paremos con esta charla, que el tipo es un pelotudo, que hace dos horas que seguimos con lo mismo, que te afectó lo que dijo el mozo, papá.
Que quede claro. Para darme cuenta si un tipo es un pelotudo, lo último que hago es averiguar dónde nació. Además, si es argentino, creo que tiene más chances de ser un pelotudo. O por lo menos de que yo me dé cuenta cuán pelotudo es. Pero papá no. Mi papá no, eh.
Retomando el contacto con el mozo de Belgrano, volví después de un tiempo, a darle una segunda oportunidad. Pero yo llevaba una mala noticia a cuestas: no me había ido del todo bien en la última materia. Y el tipo nuevamente no supo callar: que si vieran cuánto estudiaste, que estoy seguro que no te lo merecés, que a veces uno tiene que esforzarse más, que la próxima la vas a aprobar, pero qué es lo que te habrá pasado, siempre con las fotocopias, pero qué injusto…
Si bien me prometí no pisar ese bar nunca más, a la semana volví. Más relajada, a almorzar y tomar sol. Y ahí estaba el tipo otra vez, que sin protector te vas a hacer mal, que está muy fuerte el sol, que la próxima sentate más así y vaya a saber cuántas cosas más.
Quizás sea todo una casualidad, pero a mí me suena más a complot uruguayo. La misión: recordarme constantemente lo ordinaria, maleducada, no licenciada, estúpida y soltera que soy.