Me levanto temprano, ya soy grande, no jodo a nadie. Hace diez años atrás, si me levantaba a esta hora, ya estaba saltando alrededor de la cama de mis papás pidiendo a gritos un poco más de atención. Pobres viejos, lo que han tenido que soportar.
Pero no, hoy me quedo en la cama, en silencio y termino de leer un libro. Con la indescriptible sensación de “la tarea realizada” que me da terminar un libro, me levanto de la cama.
No pongo mucha atención a quién está en casa, si bien están todos despiertos también, haciendo la suya.
Me cambio, así nomás, como solo un domingo permite que se vista una persona. Jean usado, la misma remera con la que dormí y unas ojotas que tienen como cuatro o cinco centímetros de plataforma. Eran blancas.
Me acuerdo cuando me las compré. El caprichito de pagar ochenta pesos por un cacho de goma que estaba de moda. Pero nadie podía discutir que era mi caprichito, bancado por mi propia plata. Sin embargo, en ese momento, me cansé de escuchar acusaciones infames tales como “pero si son sólo un cacho de goma”, “esas en Brasil las encontrás más baratas” y “¿blancas? Son un color muy sucio m´hijita”.
Orgullosa de mis plataformas, pero con la cara destruida como solo un domingo a la mañana una persona normal puede tener, me voy a comprar el diario.
Tranquila, me ocupo de avisar a donde voy, para que después no pregunten, y me ocupo de llevarme el celular, por si preguntan. Obvio, nadie pregunta.
Brevísimas tres cuadras me separan del puestito de diarios de la estación. Ahí me acuerdo que tengo un billete de cien. Y me digo a mi misma: “me la juego, me hago la boluda y después veo si lo ayudo con las monedas”. ¿Es pecado saber que quizás te vas a poner de culo al quiosquero y jugártela igual? Yo creo que no.
Cuando llego al puestito de diarios el quiosquero me dice que no, que La Nación no le queda más. Me ofrece Clarín, ¡como si fuera lo mismo! No, creo haber dicho La Nación. A ver, no me encanta, pero me levanté con ganas de leer ese diario y no otro. Creo que eso tampoco es pecado.
Un porcentaje de mi conciencia se alivia, porque no tendría que mentirle, diciéndole que no me había dado cuenta que llevaba un billete de cien.
Pero el otro porcentaje de mí se pregunta qué hora es y por qué ya no tiene más. ¿Estamos todos locos? ¿Cuántos compra un tipo que tiene un puesto de diarios en la estación? Es domingo. Es San Fernando. Está bien. Se lo damos por válido. Y son las once y veinte.
No está resuelto el tema del diario aún. Al parecer siempre logro lo que me propongo. De ahí me voy derechito al quiosco de la plaza. Practico el mismo discurso, que el billete, que recién me levanto, que no me dí cuenta todavía cuántos pares son dos botas, y que no miré ni siquiera cuánta plata tenía cuando salí de casa.
Y voy caminando, paso por un edificio con espejo, y me miro. Definitivamente contra la cara no hay nada que hacer, pero esta chica sí que está alta eh.
Una cuadra más y ya estamos, voy pensando en qué sé yo, hasta que percibo el terremoto, el horrible fracaso de la caída en la vía pública.
Es que la tirita finita de goma que separa mi dedo gordo del resto de las otras cuatro horribles creaciones del pie, se salió de su lugar.
Cuando tenía las otras, las bajitas, eso se arreglaba rápido. Metiendo la tirita de goma otra vez en el agujerito y ya estaba listo.
Recuerdo nuevamente que casi siempre que me propongo algo lo logro, casi siempre. Y el puto plastiquito no se quiere ubicar en su lugar. Así que reformulo cuál era mi propósito incial : yo quería leer La Nación. Vuelvo a casa en patas y me cruzo con mi remisero de confianza que me pregunta cómo estoy. Primer pecado del día: le digo que estoy bien, todo bien.









