viernes, 4 de septiembre de 2009

Simulacro en el centro de la medialuna

Me despierto con un inexplicable, pero deseado alivio. Me cuesta levantarme, pero es viernes. Estamos acostumbrados a justificar todo de esta manera: “Bueno pero hoy es viernes”. No podemos escapar de la dictadura del calendario. Todo lo que se nos cruce por la mente, lo acompañaremos de la palabra “viernes” en algún lugar de la frase. Una frase cuya intencionalidad casi siempre tiende a justificar algo.

Voy caminando a la estación, prendo un cigarrillo y miro el reloj. Igual, sigo sin saber por qué me apuro. Y pienso que, como todos los viernes, en la estación hay feria, entonces voy a tener que esquivar las bombachas, los corpiños, las macetas y el olor a pescado. Y voy pensando todo eso- pero sin enojarme-cuando de repente: " ¡Subíte morocha, que te llevo al trabajo!".

Cuando tengo que explicar quién es él, siempre me meto en un embrollo porque la gente no entiende por qué lo quiero. Entonces prefiero evitarlo. Pero siempre aclaro: "Cuando nos conocimos, yo no tenía dientes". Entonces, la gente empieza a entender. Aunque muchos desconfían, claro.
Me subo al auto, feliz. Es un Fiat color verde que tiene varios años. También está su primo en el auto. Tenemos una confianza que es de verdad inexplicable. Y tampoco es razonable, pero está ahí. Huelo algo raro, como nafta, pero no.
Voy contando mis historias, ellos me cuentan las suyas. Siento que la vida me ha premiado, al ponerme justo en ese lugar, a veinte metros de la estación de tren, y a esa hora. Y no hay pescados ni bombachas, ni pasamanos ni "permiso, permiso". Vamos con las ventanas abiertas, nos reímos de estupideces y hablamos de cómo están nuestras familias, y dónde están nuestros hermanos.

Paramos en una estación de servicio. Ninguno se baja del auto y yo reflexiono en voz alta: "Una vez me dijeron que cuando te detenés a cargar nafta, si la que maneja el auto es mujer, no debe bajarse, pero si sos hombre, te tenés que bajar". El primo sonríe y lo mira con desaprobación burlona. Y entonces continúo con mi reflexión: "¿Y qué pasa cuando la playera es mujer? Nunca nadie formuló nada con respecto al género de quién te atiende". Entonces el conductor se ríe, y se baja.

La chica levanta el capot del auto, revisa, se ensucia. "Ay, se me salió esto..." Él entiende. Tiene mucha paciencia, nunca se enoja. A toda situación irritante, siempre le encuentra algo gracioso. Ajusta todo y se lava las manos con resignada paciencia. Su primo ofrece su ayuda en voz bajita, se queda sentado en el auto y me mira como diciendo "Yo me ofrecí", y se ríe satisfecho.

Es tarde ya, el sol empieza a levantarse, y se siente como primavera, pero no. Implícitamente, nos reímos del género femenino y los autos. Yo también me río. En esta oportunidad, considero que tienen razón. Además es viernes, no tengo ganas de pelear por trivialidades feministas. Igual, tienen razón.

Seguimos andando, ya vamos por Olivos. El auto se queja con un ruido impresionante. Y sumado al del viento, tengo que gritar para seguir la conversación con el primo. Es gracioso, me dice que los hombres a veces son lentos, pero que las mujeres tienen que ser un poco más... No entiendo por qué seguimos con estas discusiones de géneros. Igual me divierten esas formulaciones sin fundamento y más en este momento.

Bajamos de la autopista en Balbín. No conozco la zona muy bien y pienso: "Qué rebuscado, yo hubiera bajado por Cabildo. Él sabrá."
Primera parada: un auto vecino nos advierte que el nuestro está perdiendo nafta. Insuficiente preocupación o excesivo relajo, balizas y pañuelitos. Los dos se ocupan:"Eso que la minita soltó. Se mandó una cagada eh…"

Seguimos andando. Estoy desilusionada, pensé que íbamos a llegar antes. Mentira.
Voy mirando hacia atrás. Seguimos perdiendo nafta y me preocupo. Me pregunto por qué seré tan mecánicamente ignorante. Y "Qué irresponsable que soy. Si a mi me pasa esto, llamo a papá. Qué triste". No nos reímos tanto ahora. Los tres estamos pensando cuánto falta para llegar. Pero igual él se ríe de la chica de la estación de servicio. Y el primo y yo, en silencio, nos agarramos firmemente de un argentinismo tranquilizador "No pasa nada".

Segunda y última parada: tres autos vecinos nos advierten que se está prendiendo fuego el nuestro. Se me viene a la mente un remolino de ideas. No coordino, agarro todo lo que puedo y salgo casi volando del auto. Me late fuerte el corazón y las llamas están consumiendo todo el tren delantero. Él no sabe si tiene un matafuego. Nos alejamos un poco más, y el Fiat en llamas. La gente que va en los colectivos se asoma para mirar y se empieza a construir esa curiosa y espontánea medialuna alrededor de lo que queda de él. Como pasa siempre en la calle cuando hay un suceso fuera de lo normal.

Baja un portero con un matafuego enorme y apaga el fuego. Unos obreros miran desde arriba y nos bajan un balde con agua. Lo que queda del Fiat verde aporta angustia a la situación. Pero estoy tranquila. En realidad no me río por respeto, nada más.
El primo prende un cigarrillo y hace llamadas. Me aconseja que le saque fotos con el celular a toda la situación. Cree que es un buen justificativo para llegar una hora tarde al trabajo. Me voy, no tengo nada más que hacer ahí, y estoy a seis cuadras de la incesante tarea. Tengo unas ganas inmensas de contar lo que pasó. Es una de esas situaciones en las que uno no espera ser el centro de la medialuna, pero después se divierte. Además, es viernes, y nada malo puede pasar.

2 comentarios:

Julijull dijo...

No pensé que esta historia que me contaste ya casi cuando no había tema de conversación una noche FERNETERA en tu casa iba a formar parte de tan exelente posteo amiga.
No puedo evitar que me de hambre la palabra MEDIALUNA.

Anónimo dijo...

Flora increible!!! muy buena la contención de la risa mezclada con sopresa aunque seamos sinceras... era para reirse en la cara!! q zapaloo!!!

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