La jauría entera estaba acostumbrada a triunfar, malcriada por mí misma, habituada a pisotear lo que me queda de ser humano. Siempre ganaba. Experta en controlar mi cuerpo como si fuera una marioneta, bloqueando mi cerebro y mis sentidos. Y yo, adiestrada, resignada, siempre le permití a la jauría ser mecenas de mis acciones.
Qué vergüenza, qué decepción, cuántas veces me habré arrepentido de haber soltado a ese conjunto de maníacas perras, carnívoras, desquiciadas que destruyen todo a su paso, incluyéndome a mí.
Me propuse controlarla de una vez por todas. Tarea difícil. La injusticia, la maldita inoportunidad de ciertas noticias tienta a las perras, las incita a la violencia. La inmunda cachetada irónica que te devuelve la vida cuando te hiciste mucho la viva. Y la jauría que sale al ataque, que se enoja y le encanta, sabe ser libre y hacer de las suyas. Y le fascina hacérmelas pagar muy caro después.
Darle punto final al círculo vicioso sería todo un desafío. Antes intentaba meterlas en un cuarto. A escondidas peleaba con ellas y las molía a palos. Finalmente se quedaban mudas, pero solo por un tiempo. Después algunas se recuperaban y se molestaban por cosas viejas. Malditas perras salvajes. Siempre se acuerdan de todo y nunca olvidan la venganza.
Y un día-no se cuando fue- me cansé de pelear con ellas puertas adentro. Entonces empezaron a ganarme -aunque ya venían ganándome desde hace tiempo. Es que parecía más fácil soltarlas. Cuando hierven adentro y hacen fuerza por salir, enloquecen, ladran, afilan sus dientes, les brillan los ojos. Las perras tensionan sus músculos, se preparan para atacar, huelen al miserable a quien van a pisotear. Golpean fuerte adentro, exigiendo salir. Hasta que lo logran, y todo es un desastre. Ante cualquier mínima tentación sale la jauría entera, enloquecida, y hace de las suyas. Derraman sangre y lágrimas, cobrándose víctimas inocentes. Y dejan impune al verdadero responsable. Todo al revés. Es que no son justicieras esas perras, son simples ejecutoras del vandalismo, puro ruido y manifestación iracunda. No llevan nada noble en sus acciones.
Pero justo ayer vi a una y la agarré. Estaba furiosa, al borde de la rabia. Yo estaba a punto de soltarla, no podía con ella. Casi lista para tomar el camino más fácil, no recuerdo por qué, decidí tomarla de las patas. Luchó conmigo- todavía tengo un par de marcas en la piel- y se soltó. Cobré fuerza, me tomé un segundo y pensé. Si tomaba un bozal y una correa, por lo menos iba a lograr que no me ataque, y después vería como atarla, con más tiempo y estando fuera de peligro.
Y eso hice. La perseguí y cuando la alcancé la mire bien fijo. Disfruté tenerla en mi poder. Creo que le grité algo también. Le puse el bozal y la até. Cuando la tuve de la correa me parecía mucho más calmada. La dejé atada a un palo de por ahí. Pensé que quizás en otro momento necesitaría de su energía. También me reconfortó saber que ahora yo podría elegir qué hacer con ella.
Todavía me falta mucho para poder controlar a la jauría. Ayer mientras triunfaba con esta perra, se me soltaron dos o tres más. Pero ahora se que también puedo ganar yo.
Algún día domaré a la jauría entera. Y ellas harán lo que yo les diga, y no al revés.
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Fave

1 comentarios:
Loca de Mierda
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