Era de noche, estaba en un lugar conocido pero que no era mi casa, y yo feliz de no estar en casa, como siempre huyendo, pero feliz. Llevaba mi computadora conmigo, entonces me sentía libre, como que tenía todo. Aparentemente llevaba junto a mí todo lo material que podría necesitar.
Entonces no se por qué, pero iba en un colectivo que tenía un recorrido muy largo y de esos que dan mil vueltas. Me quedé dormida, pero antes de eso, sabía que iba a soñar con mi casa y con mi familia.
Y en ese instante de conciencia incontrolable que me quedaba, imaginaba-sin querer- diferentes escenas de los disfuncionales monos compañeros de jaula. Mamá a los setentaipico, con anteojos, muy gorda. Una de mis hermanas que se reía, feliz, tenía el pelo mucho más largo y cara de paz, como medio hippie. De la otra solo distinguí el perfil y mi papá creo que no apareció. Esa era como mi familia del futuro, o algo así.
Seguía en ese colectivo, el del camino largo, muchas vueltas y todo. La mochila que tenía no estaba bien cerrada, se le escapaban ojotas y zapatos de taco. No recuerdo haber soltado la computadora mientras dormía- la traía como pegada al cuerpo.
Cuando me desperté estaba cerca de Canal y me dije, bueno, está bien, será que hay que ir a casa. Pero me planté en el deseo de ir, pisar y volverme a ir. No entendía bien por qué todavía no estaba lista, si yo tenía que ir a ver a las Leonas que jugaban en el club. Me había comprometido a ir a ver a las Leonas. Se hacía tarde y estaba medio dormida, como confundida.
Pero todo se había convertido en una odisea, hacía días que no volvía a casa,y no estaba segura si quería llegar tampoco.
Mirando alrededor descubrí que todavía era de noche y que estaba entre dos tipos con pinta de chorros mirándome, a mí y a mi computadora. Intenté juntar las cosas, arreglar la mochila, las ojotas, los zapatos de taco, la compu que se salía por la mochila. Tenía dos mochilas en realidad. Y mientras tanto, torpemente los golpeaba les pedía disculpas con mucho miedo y respeto. Pero estaban lejos de perdonarme y los volvía a golpear de lo nerviosa que estaba y no me perdonaban. Creo que me estaban odiando. Me echaban en cara que yo era rica, que tenía computadora, varios tipos de zapatos. Tenía miedo de que me roben todo, pero contaba con la seguridad de que al estar arriba del colectivo no me iba a pasar nada.
Nos fuimos acercándo a una remisería que conozco y me empezaba a sentir cerca, como "en casa".
-Señor, por favor. Le rogaba al chofer con mucho respeto que me dejara bajar en esa parada.
-Sí, claro, se bajan estas chicas que van a San Fernando, son como seis, seguro te sirve.
Ah, y miro a la derecha, una rubia, Mechi. Nunca fuí amiga, pero iba al colegio, era más chica que yo. Toda rubia y con un cuerpazo. Todos en el colegio hubieran pagado lo que fuera por una noche con la rubia esa. Me hice la amiga y le dije:
-Mechi, ¿cómo estás, vamos juntas en el remís?
Indiferente, la rubia se bajó y pidieron dos remises. Yo asumí que iría en alguno. Pero la remisería se transformó en una casa que yo no conozco y me cagaron. Se fueron y me quedé sola, de noche, en Canal, que no está muy bueno. Me moría de miedo.
Grité con fuerza el nombre de la rubia, la putié, la odié, porque me cagó el remís, y yo confiaba en ella. Por que era de San Fernando.
Y de tanto que grité, el auto volvió, pero me había hecho sufrir y estaba como con un ataque de nervios. Me subí al auto. El remisero me miró mal- por histérica y miedosa supongo.
Mechi, que tenía clase, sabía bien a dónde iba y yo con una facha de perdida que se me notaba hasta en las pecas. Encima estaba sucia y con los bolsos que no sabía bien de dónde los traía. Y todavía no sé por qué estaba tan desesperada.
Llegué a casa a los cinco minutos. Entré pero no encontré a Libia. Dejé la computadora y ya me quería ir de nuevo. Tenía que ir a ver a las Leonas, porque yo ya me había comprometido- que iba a ver a las Leonas, que jugaban a las tres en el club, que bia a ser un partidazo, y ya había dicho que iba. Y no podía faltar.
Antes de irme me ocupé de mojar mi remera de dormir, la de corazones verdes, en un balde lleno de alcohol etílico. Cuando quedó bien embebida y goteando ya estaba lista para salir, sin agarrar nada más.
Papá no entendió nada y se enojó conmigo, que a dónde vas, por qué no avisas, siempre te vas y nunca estás acá-y más cosas de padre. S
Salí enojada y cuando llegué a la reja vi el remís que me esperaba-no sé por qué no me podía ir caminando seis cuadras. Cuando se abrió la puerta del auto salieron sorpresivamente los dos tipos del bondi que me odiaban.
Me querían agarrar por la fuerza para subirme al auto y me gritaban cosas, como diciendo que yo tenía todo, que de qué me quejaba, que era una pendeja malcriada de mierda, y cosas por el estilo. Abrieron la puerta como para llevarme con ellos, pero en eso les tiré mi remera de dormir en la cara, con fuerza, como un cachetazo. Los tipos empezaron a gritar que les ardían los ojos y me puteaban, claro.
Desesperada, fui corriendo de nuevo a casa, pero buscaba las llaves y no las tenía, no tenía nada en las manos ya.
A los gritos, le di varios golpes violentos a la puerta de madera. Yo sabía que papá me tenía que abrir la puerta, si nos acabábamos de pelear y él estaba ahí. Pero no había caso, no me abría.
Hasta que en la misma locura, descubrí que la llave de casa estaba puesta en la puerta y del lado de afuera. Le di una vueltita y entré. Sentí alivio pero toda esa secuencia me había dado mucha bronca.
Estaba tan cansada que solo me salió tirarme al piso y patalear como una nena. Me tiré en el living, ahí al lado de la puerta, a llorar con fuerza y a gritar todo lo que tenía adentro.
Estaba sola, grité hasta que no tuve más voz. Y aparentemente nunca había tenido ganas de ir a ver a las Leonas.
Cuando me desperté seguía agitada pero en mi cama. Y tenía todo mucho más claro.





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