Compré dos marcadores indelebles para usar en el trabajo, en la casa, ideal para los chicos en el cole, una oferta genial mi amigo: compre tres por dos pesos. Y compré tres por dos pesos. Pero compré tres y me llevé dos. Porque cuando llegué a casa me dí cuenta que el tercero estaba completamente seco.
De todos modos, tenía que darle un poco de utilidad al confuso ofertón y me senté a intentar ordenar los CDs perdidos en mi habitación. Pero para ordenar tenía que rotular. Y para rotular tuve que ver, uno por uno, todos los malditos discos.
Cargué el primero. Música. A mi me gustan las cosas bien hechas. Trescientosesentaidós temas. Hice una lista, por orden alfabético y ordené todas las canciones, que como no tenían nada que ver entre sí, tuve que unirlas bajo el tétrico y nunca bien utilizado Variados. Pero hubiera sido más terrible sacar de la bóveda el viejo De Todo Un Poco. De cualquier modo no estaba satisfecha. Busqué sinónimos, alguna palabra, aunque sea un símbolo, algo que significara eso que yo estaba necesitando para englobar el contenido del inoportuno CD que fui a encontrar, que en ese mismísimo momento necesitaba dejar de ser un CDon Nadie a ser Algún CD. Y quién sabe si un día llegaría a ser El CD.
Algo que los uniera tenía que existir. Algún denominador común tenía que encontrar para toda esa música. Variados moriría en el anonimato en cualquier momento, y para siempre. Yo valoro mucho mis cosas viejas. Y considero que si alguna vez yo creí oportuno grabar semejante cantidad de temas en un CD es porque alguna razón, algo en mi adolescencia, algún recuerdo, fiesta, ocasión, o intento de ocasión debió haberme motivado a eso. Y me enfermaba no saber.
Lo dejé aparte y pasé a otro. Fotos de vacaciones en la costa con amigas. Eso fue más fácil. Simplemente recordar el año y el lugar.
Popurrí es lo peor que le podría poner. No, definitivamente me negué a pensar en el trabajo que me habrá tomado grabar esa música, para que años después venga con un ataque de adultez a ponerle Popurrí. No es por sobredimensionar los hechos, pero: ¿Popurri? Definitivamente, con mi letra, no. Mi letra y mi marcador. Inútil pero barato.
Próximo. Fotos de mi hermana. Mi hermana y las amigas, mi hermana y el novio, mi hermana en Gualeguaychú, mi hermana en Gesell, mi hermana y yo.
Y otra vez con problema de rótulos. La inquietud todavía incomunicada. Yo le hubiera puesto Mi Hermana. Pero no existe un nombre más vacío que ese. Es como ponerse una remera con una flecha que dice Soy estúpido y andar sentándose al lado de los que uno cree que tienen cara de estúpido. El objetivo de poner nombres a las cosas es que todos acabemos teniendo el mismo conocimiento, prematuro, de qué carajo tiene el CD adentro. La mismísima e infinita búsqueda de la objetividad. Eso pensé. Pero sin arrebatos hasta el momento.
Podría haber llamado a mi hermana, para comentarle, brevemente qué fotos contenía el CD, y de ese modo, ponerle el nombre que para mi hermana fuera más adecuado, más contundente para ese cúmulo de recuerdos en versión digital. Pero tenía dos problemas: a mi hermana no le gusta que se metan en sus cosas, y mucho menos que se las ordenen. Y por otro lado a mi no me gusta que me recuerden cuántas ganas tengo de meterme en la vida de los demás y de ordenar. Y tantas ganas, que la llamé igual. Al principio no entendió y después me mandó al carajo.
Uno más. Y la paciencia no se me terminaba. Pero me martirizaba saber que no puedo empezar y terminar una tarea de manera individual. Mis marcadores, mis CDs, mis etiquetas. Pero tengo que llamar a mi hermana y me marchito.
Diversos. Demasiado formal para un rejunte de música púber, que definitivamente, se ve que debe haber marcado una época de diversión y esas cosas. Y no le iba a poner Diversos. Y tampoco Mezcla o Mezcladito porque no era panqueques. Era un CD. Y tampoco podía precisar cuán púber era.
Próximo. Un archivo de Word 2003 de una autobiografía que tuve que escribir para el colegio. No sé cuántos años tenía, pero fue sumamente curioso leer lo que yo pensaba de mí a esa edad, y cuántas cosas pensaba que sabía. Afirmaba con total convicción frases sobre hechos que hoy no existen. Y creía firmemente en no hacer lo que hoy es mi rutina. Pensé que jamás me perdonaría perder semejante amuleto, símbolo de pueril e inocente ignorancia. Y le puse así. Pueril e inocente ignorancia, porque me pareció genial.
Pero después me arrepentí. Porque ya hablamos este tema. Uno los pone para que todos entiendan a lo que refiere. Y eso sólo lo entendía yo.
Por suerte no eran tan indelebles como pensé que eran cuando adquirí la genial oferta, así que, haciendo honor a la gran pelotudés que hice cuando compré esos dos marcadores, me chupé el dedo y lo borré. Yo en 2003.
Me molestaba no saber exactamente cuántos años tenía. Sí, lo hubiera podido resolver con una cuenta fácil. Pero el hecho de tener que pensar en números me revolucionaba. Y yo estaba ordenando. ¿Cómo se supone que alguien va a ordenar en el medio de una revolución?
Es más. Ya me había revolucionado cuando compré las tres mentiras. El hecho de intentar pensar cuánto estaba pagando cada uno, si venían tres por dos pesos… el sólo intento me provocó rascarme la cabeza con unas ganas incontenibles. Siempre me pica la cabeza cuando los números se obstinan y no terminan redonditos, como el 1, el 4, o el 5643. Así que creo que finalmente el hecho de que sólo dos de los tres funcionaran me terminó de calmar. Y en un punto, florecí de nuevo.
Próximo CD. Un archivito de Word: “La teoría del deseo profundo”. Una nota de una chica oriental, una tal Yoo que sostiene la hipótesis de que los resultados exitosos y las cosas buenas que se logran en la vida no se consiguen mágicamente, sino mediante una única receta: desearlo fuerte. Pero fuerte en serio. Me cayó bien. En mi mundo eso se llama hinchar las pelotas hasta que lo conseguís. Tenía casos, experiencias reales, fundamentos. La guardé, claramente bajo el título de “La teoría del deseo profundo”. Entonces se hizo más fuerte mi deseo de encontrar ese nombre que buscaba para el CD con temas inconexos entre sí. Yoo estaba segura de que si lo deseaba fuerte, entonces lo iba a lograr.
Seguí así por horas. Encontré cosas mías, viejas, cosas ajenas y cosas que quizás no debería haber encontrado. Nombré a todas y a cada una de ellas. Y cuando llegué al CD número setentiocho se me acabó la segunda fibra. Y estaba despeinada. Ahí recordé que todo tiene un final. Fue como enfermarse, darse cuenta que uno es mortal.
Estaba deseando tan pero tan fuerte terminar, que suspendí la búsqueda del nombre adecuado por un tiempo. Porque con la peor de las suertes, amanecería en un par de horas y yo seguiría seguramente, ordenando y rotulando. Y sin dudas me quedaría sin tinta de manera inminente y el CD sin nombre. No me lo hubiera perdonado jamás.
Y ahí están juntos: el CD limpio, la fibra a estrenar y el deseo. Que aparentemente todavía no es tan fuerte. Y eso es lo que más me preocupa.
De todos modos, tenía que darle un poco de utilidad al confuso ofertón y me senté a intentar ordenar los CDs perdidos en mi habitación. Pero para ordenar tenía que rotular. Y para rotular tuve que ver, uno por uno, todos los malditos discos.
Cargué el primero. Música. A mi me gustan las cosas bien hechas. Trescientosesentaidós temas. Hice una lista, por orden alfabético y ordené todas las canciones, que como no tenían nada que ver entre sí, tuve que unirlas bajo el tétrico y nunca bien utilizado Variados. Pero hubiera sido más terrible sacar de la bóveda el viejo De Todo Un Poco. De cualquier modo no estaba satisfecha. Busqué sinónimos, alguna palabra, aunque sea un símbolo, algo que significara eso que yo estaba necesitando para englobar el contenido del inoportuno CD que fui a encontrar, que en ese mismísimo momento necesitaba dejar de ser un CDon Nadie a ser Algún CD. Y quién sabe si un día llegaría a ser El CD.
Algo que los uniera tenía que existir. Algún denominador común tenía que encontrar para toda esa música. Variados moriría en el anonimato en cualquier momento, y para siempre. Yo valoro mucho mis cosas viejas. Y considero que si alguna vez yo creí oportuno grabar semejante cantidad de temas en un CD es porque alguna razón, algo en mi adolescencia, algún recuerdo, fiesta, ocasión, o intento de ocasión debió haberme motivado a eso. Y me enfermaba no saber.
Lo dejé aparte y pasé a otro. Fotos de vacaciones en la costa con amigas. Eso fue más fácil. Simplemente recordar el año y el lugar.
Popurrí es lo peor que le podría poner. No, definitivamente me negué a pensar en el trabajo que me habrá tomado grabar esa música, para que años después venga con un ataque de adultez a ponerle Popurrí. No es por sobredimensionar los hechos, pero: ¿Popurri? Definitivamente, con mi letra, no. Mi letra y mi marcador. Inútil pero barato.
Próximo. Fotos de mi hermana. Mi hermana y las amigas, mi hermana y el novio, mi hermana en Gualeguaychú, mi hermana en Gesell, mi hermana y yo.
Y otra vez con problema de rótulos. La inquietud todavía incomunicada. Yo le hubiera puesto Mi Hermana. Pero no existe un nombre más vacío que ese. Es como ponerse una remera con una flecha que dice Soy estúpido y andar sentándose al lado de los que uno cree que tienen cara de estúpido. El objetivo de poner nombres a las cosas es que todos acabemos teniendo el mismo conocimiento, prematuro, de qué carajo tiene el CD adentro. La mismísima e infinita búsqueda de la objetividad. Eso pensé. Pero sin arrebatos hasta el momento.
Podría haber llamado a mi hermana, para comentarle, brevemente qué fotos contenía el CD, y de ese modo, ponerle el nombre que para mi hermana fuera más adecuado, más contundente para ese cúmulo de recuerdos en versión digital. Pero tenía dos problemas: a mi hermana no le gusta que se metan en sus cosas, y mucho menos que se las ordenen. Y por otro lado a mi no me gusta que me recuerden cuántas ganas tengo de meterme en la vida de los demás y de ordenar. Y tantas ganas, que la llamé igual. Al principio no entendió y después me mandó al carajo.
Uno más. Y la paciencia no se me terminaba. Pero me martirizaba saber que no puedo empezar y terminar una tarea de manera individual. Mis marcadores, mis CDs, mis etiquetas. Pero tengo que llamar a mi hermana y me marchito.
Diversos. Demasiado formal para un rejunte de música púber, que definitivamente, se ve que debe haber marcado una época de diversión y esas cosas. Y no le iba a poner Diversos. Y tampoco Mezcla o Mezcladito porque no era panqueques. Era un CD. Y tampoco podía precisar cuán púber era.
Próximo. Un archivo de Word 2003 de una autobiografía que tuve que escribir para el colegio. No sé cuántos años tenía, pero fue sumamente curioso leer lo que yo pensaba de mí a esa edad, y cuántas cosas pensaba que sabía. Afirmaba con total convicción frases sobre hechos que hoy no existen. Y creía firmemente en no hacer lo que hoy es mi rutina. Pensé que jamás me perdonaría perder semejante amuleto, símbolo de pueril e inocente ignorancia. Y le puse así. Pueril e inocente ignorancia, porque me pareció genial.
Pero después me arrepentí. Porque ya hablamos este tema. Uno los pone para que todos entiendan a lo que refiere. Y eso sólo lo entendía yo.
Por suerte no eran tan indelebles como pensé que eran cuando adquirí la genial oferta, así que, haciendo honor a la gran pelotudés que hice cuando compré esos dos marcadores, me chupé el dedo y lo borré. Yo en 2003.
Me molestaba no saber exactamente cuántos años tenía. Sí, lo hubiera podido resolver con una cuenta fácil. Pero el hecho de tener que pensar en números me revolucionaba. Y yo estaba ordenando. ¿Cómo se supone que alguien va a ordenar en el medio de una revolución?
Es más. Ya me había revolucionado cuando compré las tres mentiras. El hecho de intentar pensar cuánto estaba pagando cada uno, si venían tres por dos pesos… el sólo intento me provocó rascarme la cabeza con unas ganas incontenibles. Siempre me pica la cabeza cuando los números se obstinan y no terminan redonditos, como el 1, el 4, o el 5643. Así que creo que finalmente el hecho de que sólo dos de los tres funcionaran me terminó de calmar. Y en un punto, florecí de nuevo.
Próximo CD. Un archivito de Word: “La teoría del deseo profundo”. Una nota de una chica oriental, una tal Yoo que sostiene la hipótesis de que los resultados exitosos y las cosas buenas que se logran en la vida no se consiguen mágicamente, sino mediante una única receta: desearlo fuerte. Pero fuerte en serio. Me cayó bien. En mi mundo eso se llama hinchar las pelotas hasta que lo conseguís. Tenía casos, experiencias reales, fundamentos. La guardé, claramente bajo el título de “La teoría del deseo profundo”. Entonces se hizo más fuerte mi deseo de encontrar ese nombre que buscaba para el CD con temas inconexos entre sí. Yoo estaba segura de que si lo deseaba fuerte, entonces lo iba a lograr.
Seguí así por horas. Encontré cosas mías, viejas, cosas ajenas y cosas que quizás no debería haber encontrado. Nombré a todas y a cada una de ellas. Y cuando llegué al CD número setentiocho se me acabó la segunda fibra. Y estaba despeinada. Ahí recordé que todo tiene un final. Fue como enfermarse, darse cuenta que uno es mortal.
Estaba deseando tan pero tan fuerte terminar, que suspendí la búsqueda del nombre adecuado por un tiempo. Porque con la peor de las suertes, amanecería en un par de horas y yo seguiría seguramente, ordenando y rotulando. Y sin dudas me quedaría sin tinta de manera inminente y el CD sin nombre. No me lo hubiera perdonado jamás.
Y ahí están juntos: el CD limpio, la fibra a estrenar y el deseo. Que aparentemente todavía no es tan fuerte. Y eso es lo que más me preocupa.





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